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CONCEPCIÓN MARTÍNEZ MARTÍN

Enfermedades inventadas por los laboratorios




La publicación del escritor británico Christopher Lane denuncia cómo la psiquiatría ha inventado numerosas enfermedades para el lucro de las farmaceuticas, que responden con rapidez fabricando y vendiendo nuevos fármacos. Tal como comenta al respecto la Northwestern University en un comunicado, Lane denuncia en su libro que la Biblia de la psiquiatría, consultada cada día por compañías de seguros, tribunales, académicos y juristas, carece de rigor científico. Aunque en esta obra se dice que las enfermedades mentales constatadas pasaron de 180 en 1968 a más de 350 en 1994, Lane considera que muchas de estas revisiones no se corresponden con la realidad. Cita como ejemplos supuestas enfermedades catalogadas como el miedo a los animales, el temblor de la mano al firmar un cheque, el miedo a hablar en público o la imposibilidad de visitar los lavabos públicos, a los aviones, etc.. Es una forma ridícula de enfocar el trastorno mental, señala Lane, añadiendo que la psiquiatría está recetando medicinas insuficientemente contrastadas para tratar una cosa tan elemental como la inmensa variedad de las emociones humanas. Ya nos hemos referido anteriormente a los mitos farmacéuticos, pero lo que plantea Lane es un nuevo enfoque de este aparente fraude médico-social del que podríamos estar viendo únicamente la punta del iceberg. (E. Martínez)

Mitos farmacéuticos

Polémica en el sector farmacéutico. Un libro que acaba de aparecer en Estados Unidos, escrito por la que fue directora del “New England Journal of Medecine” y actual profesora en Harvard, Marcia Angell, pone en evidencia los entresijos ocultos del negocio de los laboratorios médicos. En un artículo resumen, señala que las compañías farmacéuticas lanzan periódicamente los mismos medicamentos ocultos bajo nuevas patentes. Luego convencen a médicos y pacientes de que están produciendo milagros médicos. Organismos reguladores de su actividad, políticos y medios de comunicación son cómplices de este fraude social, que encarece las medicinas con la excusa de que es preciso aumentar la eficacia de las terapias, según este informe. Para temblar.  
Marcia Angell

Marcia AngellLas compañías farmacéuticas nos quieren hacer creer que los elevados precios de los medicamentos bajo receta médica son necesarios para cubrir sus costos de Investigación y desarrollo (I y D), afirmación que implica que gastan la mayor parte de su dinero en este concepto y que, después de pagarlo, les quedan sólo modestas utilidades. Según ellas, bajar los precios asfixiaría la I y D y sofocaría la innovación. Sin embargo, la historia real es muy diferente.

En realidad, las grandes farmacéuticas gastan relativamente poco en I y D, mucho menos de lo que gastan en mercadeo y administración, e incluso menos de lo que les queda como utilidades. Por ejemplo, en 2002 las principales diez compañías farmacéuticas estadounidenses tuvieron ventas por 217 mil millones de dólares. Según sus propias cifras, gastaron en I y D un 14% de los ingresos por ventas. No obstante, gastaron más de dos veces esa suma (un enorme 31%) en mercadeo y administración. Y, aún así, obtuvieron un 17% de utilidades.

La mayoría de las farmacéuticas juntan mercadeo y administración en sus reportes anuales, pero una informó que el 85% del total se destinó a mercadeo. Suponiendo que esta cifra es más o menos igual para las otras grandes compañías (y hay razones para pensar que es así), gastaron sólo en mercadeo casi dos veces la suma destinada a I y D.

En sus declaraciones públicas, esta industria niega esto al incluir sólo cuatro actividades específicas como mercadeo (visitas comerciales a doctores, el valor de las muestras gratuitas, publicidad directa a los consumidores y publicidad en revistas médicas). No obstante, de hecho, los presupuestos médicos cubren mucho más que esto. El elemento más importante que queda afuera es la “educación” de los doctores (que les enseña a recetar más medicamentos).

¿Y qué hay acerca de las utilidades? Durante muchos años, las compañías farmacéuticas de los Estados Unidos han tenido utilidades más altas que las de ninguna otra industria, después de haber pagado la I y D y todos sus demás gastos. Compárese el 17% de margen de utilidades de las diez principales farmacéuticas en 2002 con el promedio de sólo 3,1% para todas las industrias estadounidenses que aparecieron en “Fortune 500” ese año. Por primera vez, en 2003 la industria bajó ligeramente desde primer al tercer lugar en términos de rentabilidad, pero sus utilidades se mantuvieron bien por encima del promedio.

La reciente afirmación de que la farmacéuticas gastan en promedio 802 millones de dólares para lanzar una nueva medicina al mercado se basa en datos secretos y confidenciales, y está tremendamente inflada. No obstante, sea cual sea la cifra que dediquen a I y D, si las compañías farmacéuticas gastan más en mercadeo y obtienen más utilidades, difícilmente pueden alegar que es necesario aplicar precios altos para cubrir su I y D. En lugar de ello, los elevados precios son necesarios para cubrir sus estupendos gastos de mercadeo y mantener sus enormes utilidades. Hay ahora cierto retroceso en los precios, pero las compañías están compensando esto tratando de convencer a una mayor cantidad de personas de que tomen más medicinas para dolencias dudosas o exageradas, aumentando con ello el volumen de ventas.

El tema importante no es cuánto dinero dedicaron las compañías farmacéuticas a I y D, sino si los consumidores obtienen el valor de lo que pagaron. Aunque parezca increíble, sólo una pequeña fracción de los medicamentos son innovadores en algún sentido importante de la palabra.

En los seis años que van de 1998 a 2003, de los 487 medicamentos que ingresaron al mercado, un altísimo 78% fue clasificado por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) como con poca probabilidad de ser mejores que los medicamentos ya presentes en el mercado. Más aún, un 68% no eran siquiera nuevos componentes químicos, sino medicamentos antiguos en nuevas formas o combinaciones.

En otras palabras, la mayor producción de la industria no son nuevos e importantes medicamentos, sino variaciones menores de los que ya están en el mercado, llamadas réplicas o medicamentos “yo también” (‘me too’ drugs). Por ejemplo, el medicamento más vendido del mundo, Lipitor de Pfizer, es el cuarto de seis sustancias reductoras del colesterol del mismo tipo. Ahora hay familias enteras de medicamentos de réplica, y hay pocas razones para pensar que uno es mejor que otro a dosis comparables.

Lejos de ser un modelo de libre empresa, la industria farmacéutica es altamente dependiente de la investigación financiada por el gobierno y los monopolios otorgados por éste en la forma de patentes y derechos de mercadeo exclusivos. Por lo general, los pocos medicamentos innovadores surgen de la investigación con financiamiento público, realizada en laboratorios gubernamentales o universitarios. Incluso entre medicamentos de réplica relacionados, normalmente el original se basa en trabajos apoyados por el gobierno.

Por ejemplo, Mecavor, el primero de los medicamentos tipo Lipitor, entró al mercado en 1987 y se basó en gran medida en la investigación universitaria. La mayoría de los medicamentos más vendidos en la actualidad provienen de la década de los 80, o incluso antes.

La conclusión es que, a pesar de la retórica de la industria, las compañías farmacéuticas se están volviendo cada vez menos innovadoras. Simplemente están lanzando y volviendo a lanzar los mismos viejos medicamentos, obteniendo nuevas patentes y exclusividad, y confiando en su poder de mercadeo para convencer a doctores y pacientes de que están produciendo milagros médicos.

Todo país avanzado regula de alguna manera los precios de los medicamentos bajo receta. Incluso en EE.UU., Medicare regula los honorarios de los médicos y los pagos hospitalarios. Así es que no tenemos que preocuparnos acerca de la asfixia de la innovación en I y D. Las farmacéuticas hacen mucho menos I y D de lo que afirman, y perfectamente pueden pagar la que hacen.

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